LA NACIÓN QUE ENCONTRÓ SU IDENTIDAD ENTRE DOS ERAS

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Por Edgar García
El 22 de enero no es solo una efeméride más en el calendario boliviano; es el epicentro de un sismo político y social que, hace dos décadas, cambió definitivamente la fisonomía del país. Esta fecha conmemora el aniversario de la primera toma de posesión de Evo Morales en 2006 y la posterior fundación del Estado Plurinacional tras la promulgación de la Constitución de 2009.
El hito pretendía saldar una deuda histórica con las mayorías indígenas, integrando sus cosmovisiones, idiomas y símbolos en la estructura misma del poder central, transformando la antigua República en una entidad de naciones diversas. Sin embargo, lo que para muchos fue el amanecer de una justicia social esperada por siglos, para otros marcó el inicio de una profunda grieta institucional que hoy en día continúa siendo objeto de un intenso debate nacional.
El reconocimiento de las 36 naciones y pueblos indígena originario campesinos se erige como el pilar fundamental de quienes defienden este modelo estatal como un avance democrático sin precedentes: el ensueño de la creación de un Estado Plurinacional, Multiétnico y Pluricultural. A través de esta refundación, sectores que históricamente habían sido invisibilizados o relegados al servicio doméstico y rural lograron una representación parlamentaria directa y la constitucionalización de sus territorios ancestrales.
Solidificándose en la piedra fundamental de la narrativa del "Vivir Bien", se buscó sustituir el modelo de desarrollo extractivo lineal por una filosofía de armonía con la Madre Tierra, otorgando una nueva dignidad identitaria a la base social del país. Este avance en la representatividad y el orgullo cultural, no obstante, encuentra su contraparte en un sector de la ciudadanía que percibe este cambio no como una inclusión, sino como un desmantelamiento de los valores universales de la República.
Desde la otra acera, la crítica se centra en lo que consideran una erosión sistemática de la independencia de poderes y una politización excesiva de la identidad nacional. Para los sectores de oposición y diversos analistas, el 22 de enero simboliza la consolidación de un proyecto político que, bajo el velo de la plurinacionalidad, ha debilitado la institucionalidad democrática y la meritocracia en la administración pública.
Argumentan que la división tajante entre el concepto de "República" y "Estado Plurinacional" ha sido exacerbada deliberadamente para crear una narrativa de confrontación, afectando la cohesión del país y la seguridad jurídica necesaria para el desarrollo económico. Estas visiones encontradas confluyen hoy en un presente donde la efeméride ya no se celebra con la hegemonía de antaño, sino en medio de tensiones que ponen a prueba la madurez del sistema boliviano.
Al observar el panorama boliviano a la distancia de los años, resulta evidente que el 22 de enero ha dejado de ser una simple celebración política para convertirse en un termómetro de la salud socio-cultural del país. Bolivia ha logrado que la inclusión étnica sea un punto de no retorno, igualmente catalogado como “un triunfo histórico”, pero aún enfrenta el desafío de garantizar que esa pluralidad conviva con instituciones fuertes, transparentes y ajenas al caudillismo.
La evolución de la fecha sugiere que el concepto de "Estado Plurinacional" está entrando en una fase de necesaria auto asimilación crítica. El gran reto de la sociedad boliviana contemporánea no es elegir entre un pasado republicano o un presente plurinacional, sino construir una síntesis donde los derechos indígenas (y pluralmente hablando, los derechos de los nacidos en el país) y la institucionalidad democrática sean dos caras de la misma moneda. En última instancia, la verdadera trascendencia de este día no reside en los discursos de palestra, sino en la capacidad de los ciudadanos para encontrarse en su diversidad sin que ello signifique la exclusión del ajeno.