PANTALLA VS MEMORIA

Artículo
Por Valeria Quiñones
No siempre está en el guión ni en la actuación, sino en la distancia entre lo que imaginamos y lo que vemos. Cuando un libro que amamos llega a la pantalla, la primera reacción casi siempre es comparar. En esa comparación no solo evaluamos una película, sino que defendemos la historia que habíamos hecho nuestra.
Esa sensación me golpeó después de ver la nueva adaptación de Cumbres Borrascosas. Una película, claramente más avocada a la estética visual y el romance explícito que a una complejidad emocional y la violencia simbólica, parte del libro. No era solo que la película me pareciera mala, era darme cuenta que en el proceso de llevar a Emily Brontë al cine, habían transformado la obra en otra cosa que parecía ajena. Esa experiencia fue el punto de partida de este artículo, porque me pregunté: ¿por qué nos molesta tanto cuando una adaptación gira lejos de la obra original?
Adaptar una obra literaria al cine es, inevitablemente, una operación de traducción entre lenguajes distintos. Un libro tiene tiempo para explorar pensamientos, matices, silencios y mundos que no siempre tienen un aspecto visual inmediato. En cambio, una película debe condensar, resumir y decidir qué elementos de esa riqueza textual merecen ocupar tiempo en pantalla. La raíz de la frustración que nos hace salir decepcionados de ver una película es esa tensión entre lo que es la forma literaria y lo que puede ser la cinematográfica. En realidad, se lidia con la transformación de una intimidad narrativa.
Esa dinámica es clave para entender por qué ciertas adaptaciones parecen fallar y otras funcionar, más allá de su calidad cinematográfica. La frustración no nace de querer que todo sea idéntico, sino de ver que lo que más impactó del libro se simplifica o se reorienta hacia otra dirección. Cuando la esencia emocional o temática de una historia se altera en exceso, se siente que la narrativa pierde su “alma” original.
Un contraste claro de cómo se puede abordar bien o mal la misma obra lo encontramos en las adaptaciones de Dune de Frank Herbert. La versión de 1984 dirigida por David Lynch intentó sintetizar una novela vasta y compleja en una sola película, recurriendo a explicaciones constantes y condensando tramas y personajes que, en el texto, funcionaban para construir una experiencia política, ecológica y filosófica. En contraste, la saga iniciada en 2021 por Denis Villeneuve optó por dividir la obra en partes, dotando al relato de espacio para respirar y capturar su atmósfera original. Villeneuve ha mencionado que se inspiró en adaptaciones que respetaban el espíritu de la obra, como El Señor de los Anillos. Este caso muestra que no se trata únicamente de fidelidad de fans, sino de cómo se reorganiza la narrativa para que el cine pueda sostenerla sin traicionar su esencia.
No todas las adaptaciones tienen que adherirse estrictamente al libro para ser valiosas, algunas incluso pueden enriquecer la historia en su nuevo medio. La película Orgullo y Prejuicio, basada en la novela de Jane Austen, es un ejemplo de cómo condensar una obra extensa sin perder su espíritu central. Aunque, inevitablemente, cambios tuvieron que ser impuestos para ajustarse al formato cinematográfico, la película conserva el tono romántico y social de la novela, a la vez que añade fuerza emocional a través de la música, la interpretación y el diseño de producción. Este tipo de adaptación no solo satisface a muchos lectores, sino que puede atraer a quienes nunca han leído el libro, acerca a nuevas generaciones a leer una obra romántica y crítica.
Pero también hay casos en los que la adaptación parece perder de vista qué es lo que hacía especial a la obra original. La película Dorian Gray, inspirada en El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde, es un ejemplo donde críticos y lectores han señalado que la riqueza filosófica y moral de la novela —con su ironía, el hedonismo y su exploración estética del alma humana— queda eclipsada por decisiones narrativas que priorizan lo sensacional sobre lo contemplativo. La obra se queda en la superficie de su trama, perdiendo la profundidad reflexiva que hacía inolvidable al relato de Wilde.
Estas decisiones no siempre responden a una simple falta de respeto por el texto original. Muchas veces son producto de la necesidad de atraer, de actualizar una obra o del peso comercial que las películas de gran presupuesto implican para los estudios. Pero incluso cuando los cambios parecen justificados, la reacción del público revela algo más profundo que una simple preferencia por la fidelidad, revela que las historias que amamos no son objetos neutrales, sino afectos culturales y cuándo una adaptación altera esos afectos, no solo reescribe una narrativa, reconfigura la relación con ella.
Quizá ahí esté la clave de todo: cuando una película altera el tono, simplifica un conflicto o reimagina un personaje, no está tocando únicamente una estructura narrativa, está interviniendo en la experiencia íntima que cada lector. Por eso el debate nunca se agota en si la fotografía es buena o si el elenco estuvo acertado, lo que realmente se discute es si esa nueva versión logró comprender qué latía en el corazón del libro. Adaptar no es copiar, pero tampoco es ignorar. Aunque también es importante destacar que si una historia sobrevive a múltiples versiones, épocas y perspectivas, no es señal de que haya sido traicionada, sino de que sigue viva, inspirando y obligando a volver a ella desde otro lugar.
acciones diversas en la audiencia. Esta tendencia se nutre de la tradición de la metáfora como herramienta de sentido en el arte: no busca explicar todo literalmente, sino activar experiencias, pensamientos o sentimientos que el lenguaje directo no puede encender.
La música, por su parte, no solo apela al oído sino a la memoria, las emociones y la identidad de quien la escucha. Esto se hace notar incluso en contextos científicos como la musicoterapia, una disciplina profesional que aplica la música de forma estructurada para favorecer la salud mental y emocional. Según un artículo de Medical News Today de 2021, “los terapeutas musicales usan las respuestas y conexiones de una persona con la música para estimular cambios positivos en el estado de ánimo y el bienestar mental general”.
Un caso emblemático en la cultura mundial sobre cómo la metáfora visual y sonora se convierte en significado lo ofrece Michael Jackson, quien a lo largo de su carrera integró mensajes de crítica social, igualdad y conciencia global en sus videoclips. En “Earth Song”, Jackson usa imágenes poderosas de destrucción ambiental, guerra y pobreza para simbolizar el impacto humano sobre la Tierra y la necesidad de sanación global. En “They Don’t Care About Us”, acompañado por dos videos dirigidos por Spike Lee, el artista enfrentó de manera explícita injusticias sociales y raciales, filmando escenas tanto en las favelas de Brasil como en un entorno carcelario. Abundan ejemplos de este gran artista, quien siempre trató de representar un mensaje de activismo mediante su arte.
En videoclips como This Is America de Childish Gambino, la coherencia narrativa deja paso a contrastes deliberados entre fiesta y violencia, uso de símbolos de raza y cultura pop, y movimientos que no buscan ser literales sino sugestivos. En este tipo de obras, lo visual y lo sonoro funcionan como metáforas abiertas que invitan a pensar en la fractura social, la narrativa mediada y la contradicción cultural. El resultado es una obra que, más que decir algo, propone interrogar.
De forma similar, en Blood, Sweat & Tears de BTS, la estética barroca y las referencias a iconografía clásica y pensamiento filosófico (como alusiones a la tentación y la pérdida del paraíso) convierten la representación visual en un espacio simbólico rico en capas. Aquí, los elementos visuales no son decorativos: funcionan como estímulos para que la audiencia reconstruya significados posibles, conectando fragmentos visuales con experiencias propias y colectivas.
A diferencia de los modelos clásicos de recepción pasiva, donde quien escucha simplemente consume un mensaje cerrado, las metáforas abiertas propician una recepción activa; en este caso, la audiencia debe completar o reelaborar el sentido de la obra. Esto explica por qué muchos videoclips que no narran una historia lineal o explícita generan comunidades interpretativas sólidas: quien mira ya no solo observa, sino que piensa, propone lecturas y las comparte, convirtiéndose en intérprete.
Este involucramiento también puede entenderse desde la manera en que la música actúa sobre la experiencia humana. En un artículo publicado por El Cofre de Selenio en 2021, se expone cómo investigaciones en neurociencia han demostrado que la música puede activar regiones cerebrales responsables de la emoción, la memoria y la atención de forma simultánea, y que la imagen visual fortalece ese impacto al dotar de contexto y memorabilidad a la experiencia sensorial.
Cuando una canción o videoclip abre un abanico de interpretaciones posibles, esas lecturas comienzan a circular. Alguien propone: “¿Y si este símbolo representa X?”; otro responde: “Esto puede leerse como Y”. Lo que empieza como una interpretación individual se vuelve conversación colectiva. De este modo, se corre la voz y las redes sociales se llenan de análisis, teorías y debates que funcionan como espacios de construcción comunitaria alrededor de la obra.
Esas comunidades no se forman simplemente por admiración hacia el artista, sino por el deseo de participar en un proyecto interpretativo compartido. La música y la imagen se convierten en códigos simbólicos que articulan identidad, pertenencia y sentido compartido. La obra deja de existir solo en el contexto individual y pasa a ser un espacio de significado colectivo, donde cada aporte ayuda a la comprensión de la obra visual, creando a la vez pertenencia.
La música contemporánea no termina cuando acaba la canción ni cuando termina el video. Cuando una obra despliega metáforas visuales y sonoras abiertas, no solo conecta emocionalmente con la audiencia; la convoca. Esa convocatoria es el germen de comunidades interpretativas donde fans no solo consumen arte, sino que lo construyen, reintegran y resignifican juntos, transformando cada escucha en un acto de creación compartida.