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IDENTIDAD QUE YA NO CABE EN UN MAPA

IDENTIDAD QUE YA NO CABE EN UN MAPA

Ahora todos quieren ser latinos. Lo que durante décadas fue percibido como “exótico” o relegado a los márgenes de la cultura global, hoy brilla con fuerza propia con sus propios ritmos, palabras, sabores y estilos que antes tenían que abrirse paso a empujones hoy dominan escenarios, playlists y conversaciones en todo el mundo.

El último fin de semana, mientras veía el espectáculo de medio tiempo del Super Bowl, un ese evento masivo, profundamente norteamericano, que reúne a audiencias de todo el planeta, hubo una frase que se quedó dándome vueltas: “ahora todos quieren ser latinos” de la canción El Apagón. Más que una frase pegajosa, sonó como una confirmación de algo que ya está pasando desde hace tiempo. Ver un performance construido desde el español y desde códigos culturales del sur de nuestro continente, sin pedir permiso ni internacionalizarse a costa de perder rating, tiene una fuerza simbólica enorme.

Ese tipo de momentos, como el del show que muchos vieron, no solo celebra la música y el espectáculo, sino que pone en evidencia algo más profundo: lo latino está siendo mirado, escuchado y, sobre todo, respetado a una escala global que durante años no se le dio.

Esa presencia no surgió de la nada, lo latino lleva siglos siendo una mezcla de culturas y tradiciones indígenas, africanas, europeas y mestizas que ha producido expresiones artísticas únicas y vibrantes. Desde la música tradicional hasta las más recientes expresiones urbanas, lo que compartimos es un legado creativo que siempre fue rico y poderoso, solo que muchas veces no se le dio el valor que merecía. Ahora, por primera vez de manera tan clara, el mundo está reconociendo esa riqueza como un referente cultural potente. La perspectiva internacional interpreta el papel de artistas latinos en grandes eventos como símbolos de un cambio cultural significativo, donde la música, la moda, la gastronomía y la identidad latina ya no son  superficiales, sino voces que cuentan historias reales y profundamente humanas. 

Esa transformación también se ve en cómo la música latina esta trascendiendo fronteras al hacer sonar ritmos que nacieron en barrios latinoamericanos conectar con gente de Europa, Asia, África y Oceanía sin que si quiera hablen español. Plataformas digitales, algoritmos y redes sociales han acelerado ese proceso, haciendo que sonidos latinos fluyan libremente por el mundo sin que nadie tenga que pedir permiso para escucharlos o entenderlos, generando reconocimiento cultural. 

Lo más interesante es que no se limita a un ámbito cultural, esta expansión a llegado la moda inspirada en nuestras tradiciones que aparece en pasarelas internacionales, y la gastronomía latina que es ahora parte de la conversación gastronómica global, celebrada en ciudades donde antes ni se conocían estos sabores. 

Y sí, soy consciente de que, históricamente, muchos países del mundo nos miraron desde una posición de superioridad cultural, tratando a lo latino como algo “menos civilizado” o simplemente pintoresco. Esa mirada, que minimizaba nuestras tradiciones, lenguas, maneras de habitar la vida, fue una forma de invisibilizar gran parte de nuestra diversidad. Sin embargo, esa narrativa se está revirtiendo, cada vez más personas fuera de nuestras fronteras no solo consumen cultura latina, sino que la aprecian como una forma de expresión válida, completa y compleja. 

Eso no quiere decir que todo sea perfecto o que ya no existan malentendidos o estereotipos. La globalización cultural tiene sus matices, y muchas veces lo que se adopta del imaginario latino se queda en lo superficial, sin entender la historia que hay detrás de eso. Pero la diferencia ahora es que esa puerta está abierta. La gente quiere conocer más, quiere escuchar más, incluso quiere aprender  aprender español, fenómeno que algunas plataformas educativas han reportado como un efecto directo de la visibilidad latina en un escenario global.

Entonces, cuando digo que “todos quieren ser latinos”, no me refiero solo a una moda pasajera o a un disfrute superficial, sino a la forma en que lo latino se ha convertido en un punto de referencia cultural en el mundo. Somos una comunidad cultural con historia, con contradicciones, con ritmos que nacen de mezclas increíbles, con sabores que cuentan historias de mestizaje y resistencia, con lenguas que abrazan pluralidades. Ser latino es ser portador de un mosaico de identidades que han sabido reinventarse, sobrevivir, y ahora influir.

Aunque hablar de lo latino estaría incompleto sin ver la otra cara que no siempre viaja con la misma facilidad que la música o la gastronomía. Latinoamérica también carga con desigualdad profunda, crisis políticas, violencia, migraciones forzadas, racismo interno, extractivismo, precariedad laboral y una historia marcada por intervenciones externas. Esas realidades no suelen aparecer en los escenarios globales ni en las pasarelas internacionales, no se vuelven virales con la misma rapidez que una canción o una tendencia estética. A veces el mundo celebra nuestros ritmos mientras ignora las condiciones en las que muchos de esos ritmos nacen. Y ahí es donde la conversación se vuelve más compleja. 

Y si algo me deja esta reflexión es que este momento se trata de ser reconocido como algo que siempre fuimos: creativos, diversos y culturalmente influyentes. Más que lo último en tendencias, es una declaración de presencia, de que lo latino existió siempre, incluso cuando fue minimizado a estereotipo. Hoy el mundo lo ve, y quizá esta visibilidad nos dé la oportunidad de que lo que venga no sea solo celebración estética, sino también apreciación de todo lo que lo sostiene, de  nuestras luchas y la realidad que muchas veces no es tan exportable como nuestros ritmos, pero que también forma parte esencial de lo que somos.

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