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MÚSICA, IMAGEN Y EL ARTE DE CONECTAR

MÚSICA, IMAGEN Y EL ARTE DE CONECTAR

Artículo

Por Valeria Quiñones

En cada nota e imagen se esconden universos de significados. Mediante metáforas visuales y sonoras, la música genera comunidades que interpretan, debaten y resignifican mensajes con impacto social y emocional. Actualmente, ha evolucionado hacia un lenguaje simbólico donde lo visual y lo sonoro se fusionan.

En las últimas décadas, canciones y videoclips han buscado ir más allá de la mera estética; se aventuran a explorar metáforas visuales y sonoras que provocan interpretaciones diversas en la audiencia. Esta tendencia se nutre de la tradición de la metáfora como herramienta de sentido en el arte: no busca explicar todo literalmente, sino activar experiencias, pensamientos o sentimientos que el lenguaje directo no puede encender.

La música, por su parte, no solo apela al oído sino a la memoria, las emociones y la identidad de quien la escucha. Esto se hace notar incluso en contextos científicos como la musicoterapia, una disciplina profesional que aplica la música de forma estructurada para favorecer la salud mental y emocional. Según un artículo de Medical News Today de 2021, “los terapeutas musicales usan las respuestas y conexiones de una persona con la música para estimular cambios positivos en el estado de ánimo y el bienestar mental general”.

Un caso emblemático en la cultura mundial sobre cómo la metáfora visual y sonora se convierte en significado lo ofrece Michael Jackson, quien a lo largo de su carrera integró mensajes de crítica social, igualdad y conciencia global en sus videoclips. En “Earth Song”, Jackson usa imágenes poderosas de destrucción ambiental, guerra y pobreza para simbolizar el impacto humano sobre la Tierra y la necesidad de sanación global. En “They Don’t Care About Us”, acompañado por dos videos dirigidos por Spike Lee, el artista enfrentó de manera explícita injusticias sociales y raciales, filmando escenas tanto en las favelas de Brasil como en un entorno carcelario. Abundan ejemplos de este gran artista, quien siempre trató de representar un mensaje de activismo mediante su arte.

En videoclips como This Is America de Childish Gambino, la coherencia narrativa deja paso a contrastes deliberados entre fiesta y violencia, uso de símbolos de raza y cultura pop, y movimientos que no buscan ser literales sino sugestivos. En este tipo de obras, lo visual y lo sonoro funcionan como metáforas abiertas que invitan a pensar en la fractura social, la narrativa mediada y la contradicción cultural. El resultado es una obra que, más que decir algo, propone interrogar.

De forma similar, en Blood, Sweat & Tears de BTS, la estética barroca y las referencias a iconografía clásica y pensamiento filosófico (como alusiones a la tentación y la pérdida del paraíso) convierten la representación visual en un espacio simbólico rico en capas. Aquí, los elementos visuales no son decorativos: funcionan como estímulos para que la audiencia reconstruya significados posibles, conectando fragmentos visuales con experiencias propias y colectivas.

A diferencia de los modelos clásicos de recepción pasiva, donde quien escucha simplemente consume un mensaje cerrado, las metáforas abiertas propician una recepción activa; en este caso, la audiencia debe completar o reelaborar el sentido de la obra. Esto explica por qué muchos videoclips que no narran una historia lineal o explícita generan comunidades interpretativas sólidas: quien mira ya no solo observa, sino que piensa, propone lecturas y las comparte, convirtiéndose en intérprete.

Este involucramiento también puede entenderse desde la manera en que la música actúa sobre la experiencia humana. En un artículo publicado por El Cofre de Selenio en 2021, se expone cómo investigaciones en neurociencia han demostrado que la música puede activar regiones cerebrales responsables de la emoción, la memoria y la atención de forma simultánea, y que la imagen visual fortalece ese impacto al dotar de contexto y memorabilidad a la experiencia sensorial.

Cuando una canción o videoclip abre un abanico de interpretaciones posibles, esas lecturas comienzan a circular. Alguien propone: “¿Y si este símbolo representa X?”; otro responde: “Esto puede leerse como Y”. Lo que empieza como una interpretación individual se vuelve conversación colectiva. De este modo, se corre la voz y las redes sociales se llenan de análisis, teorías y debates que funcionan como espacios de construcción comunitaria alrededor de la obra.

Esas comunidades no se forman simplemente por admiración hacia el artista, sino por el deseo de participar en un proyecto interpretativo compartido. La música y la imagen se convierten en códigos simbólicos que articulan identidad, pertenencia y sentido compartido. La obra deja de existir solo en el contexto individual y pasa a ser un espacio de significado colectivo, donde cada aporte ayuda a la comprensión de la obra visual, creando a la vez pertenencia.

La música contemporánea no termina cuando acaba la canción ni cuando termina el video. Cuando una obra despliega metáforas visuales y sonoras abiertas, no solo conecta emocionalmente con la audiencia; la convoca. Esa convocatoria es el germen de comunidades interpretativas donde fans no solo consumen arte, sino que lo construyen, reintegran y resignifican juntos, transformando cada escucha en un acto de creación compartida.

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