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PICK ME GIRLS: UNA IDENTIDAD NO ELEGIDA

PICK ME GIRLS: UNA IDENTIDAD NO ELEGIDA

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Por Valeria Quiñones

Nos están etiquetando más rápido de lo que nos escuchan. No somos “demasiado emocionales”, a veces nos llaman pick me por simplemente ser nosotras mismas. Pero ese término ya se escapó de su sentido original para convertirse en una trampa que nos hace dudar de nuestra identidad y de nuestras emociones.

Hay algo profundamente incómodo en la facilidad con la que hoy se le dice “pick me” a una mujer. Basta con que diga que no le gustó Barbie, que prefiera juntarse con hombres, que no conecte con ciertas formas de la feminidad convencional o que simplemente no encaje en lo que otras consideran “correcto”, para que el término aparezca como sentencia. Pero, ¿qué estamos nombrando realmente cuando decimos “pick me girl”?

Una pick me girl es, en teoría, una mujer que busca validación masculina diferenciándose de otras mujeres, marcando distancia de lo femenino tradicional o criticando comportamientos asociados a su propio género para parecer más “única”.  Pero en la práctica, el término ya no se usa sólo para describir esa dinámica concreta, se ha convertido en una palabra comodín para desacreditar cualquier postura femenina que incomode, que no encaje o que no repita el discurso esperado.

Este término, popularizado en redes sociales, tiene origen en una escena de Grey’s Anatomy en la que Meredith Grey, rota y vulnerable, le dice a Derek: “Pick me, choose me, love me”. Esa frase “escógeme, elígeme, ámame” no era una declaración de poder, sino de fragilidad. Era una mujer pidiendo ser elegida en un contexto desigual, compitiendo por amor en un escenario donde ya existía otra mujer. Años después, internet resignificó esa escena como símbolo de una mujer necesitada de validación masculina. Lo que en su momento fue un retrato de deseo y desesperación terminó convertido en meme, y el meme en categoría moral.

El problema es que muchas veces la discusión se queda en la superficie. Se señala a la “pick me” como si fuera la traidora del género, la que reproduce discursos patriarcales, la que busca aprobación masculina a costa de otras mujeres. Clara Ferrero en su artículo “Qué es una ‘Pick me girl’ o por qué llaman así a las mujeres a las que no les ha gustado ‘Barbie’”  (Harper’s Bazaar, 2023) recoge una idea clave al explicar que “en vez de ir contra el patriarcado las críticas se dirigen contra las víctimas del patriarcado”. Y ahí está el nudo del asunto. ¿Estamos criticando una estructura o estamos castigando a una persona que aprendió a sobrevivir dentro de ella?

Porque si somos honestas, casi todas hemos querido ser elegidas alguna vez, casi todas hemos sentido que destacar, agradar o encajar nos daba cierta seguridad. La propia Ferrero recoge esa incomodidad cuando cita que “casi todas hemos sido pick me girls en algún momento” (Ferrero, Qué es una ‘Pick me girl’…, Harper’s Bazaar, 2023). Esa frase desmonta la superioridad moral desde la que muchas veces se lanza una etiqueta. Si todas, en algún punto, hemos buscado validación, entonces el fenómeno no habla de una anomalía femenina sino de una socialización compartida.

Ahí es donde la conversación se vuelve más compleja. Porque señalar la misoginia interiorizada es necesario, pero convertir el término en un insulto automático puede terminar reproduciendo la misma lógica de competencia que se pretende criticar. Wanda Pacheco, en su artículo “Pick me girls: la cara de la misoginia interiorizada”, advierte justamente ese riesgo, que la categoría se convierta en una herramienta de simplificación que reduce experiencias distintas a un estereotipo, permitiendo juzgar sin detenerse en diferentes perspectivas (La Cadera de Eva, 2025). Cuando el análisis desaparece, lo que queda no es crítica feminista, sino vigilancia entre mujeres.

Además, el uso indiscriminado del término revela una tensión más profunda relacionada con la emocionalidad femenina. Durante siglos, la cultura occidental estableció una división jerárquica entre razón y emoción, asignando la racionalidad a lo masculino y la emoción a lo femenino. Aunque hoy el discurso haya cambiado, la sospecha hacia la emoción persiste. Una mujer que expresa vulnerabilidad, romanticismo o deseo de ser elegida puede ser leída como débil. Esa expresión se convierte en motivo de burla pública bajo la etiqueta "pick me", el mensaje implícito es claro: hay formas “correctas” y “incorrectas” de sentir.

Lo preocupante es que esta dinámica puede convertirse en una “arma de doble misoginia”. Si desacreditar a otras mujeres es misógino, también puede serlo el señalamiento masivo que ridiculiza comportamientos sin analizar su contexto estructural. Cuando el feminismo se transforma en un espacio de vigilancia sobre quién es suficientemente sorora y quién no, corre el riesgo de reproducir la misma lógica de control que históricamente ha limitado la libertad femenina.

Nada de esto implica negar que exista misoginia interiorizada ni que deban cuestionarse ciertas conductas. Implica, más bien, reconocer que el fenómeno es más complejo de lo que permite una etiqueta viral. Entre la crítica estructural y el juicio automático hay una diferencia importante. Y cuando todo se reduce a una palabra, lo que se pierde es la posibilidad de diálogo, matiz y comprensión de procesos que son colectivos y culturales.

Por eso, tal vez el verdadero desafío no sea decidir quién merece o no la etiqueta, sino preguntarnos por qué seguimos necesitando ponerle nombre a cada forma de ser mujer para validarla o descartarla. Si cada gesto, cada emoción, cada diferencia se convierte en sospecha, entonces no estamos ampliando la libertad femenina, la estamos reconfigurando bajo nuevas reglas. No se trata de defender actitudes que reproducen desigualdades, sino de entender que ninguna mujer nace queriendo competir con otras. Reducir esa complejidad a “pick me” es cómodo, rápido y viral; pero también es superficial. Si el feminismo aspira a ser un espacio de conciencia crítica, no puede permitirse la comodidad de la pereza del juicio instantáneo. Porque cuando etiquetamos más rápido de lo que escuchamos, no estamos desmontando el patriarcado: estamos perfeccionando otra forma de silencio.

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